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HIMNO
Autor: Silverio Pérez

Hay una Isla Nena en lontanaza,
que es como Isla Grande en carne viva

Hay cantos de pitirre en La Esperanza
y hay deseos de amar y dar la vida.

Quietud interrumpida a cada instante,
niños despiertos en la madrugada,
el sol va despertando por el este
y en la tibia mañana se oye una nana.

Hay miles de pedazos de esta tierra,
con miles de ocasiones de injusticia
hay una isla chica que en la guerra,
roba tiempo al amor y a la caricia.

Un día que mi canción se hizo oleaje,
un día, que reposé en la blanca arena,
el di mi corazón y mi coraje,
al pueblo y al sentir de la Isla Nena.

Hay una Isla Nena en lontananza

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Vieques, Isla Mía
por Luz Zavala

Vieques, isla mía
bello suelo donde nací,
hoy mi alma me reclama
regresar junto a tí.

Un día yo partí
hacia tierras muy lejanas,
dejando mi corazón
enterrado en tus entrañas.

Hoy mi cuerpo se estremece,
y mi corazón de amor late,
al recordar los bellos paisajes;
que en tí, mi isla, dejé.

Vieques, te llevo en mi corazón,
también en mi pensamiento,
y vivo con gran emoción
el dolor de tu recuerdo.

Mi alma con vehemencia te extraña,
Y me corre por las venas
el calor de tus playas
y el olor de tus arenas.

Añorando estoy el día
en que pueda regresar,
a tí, islita mía querida,
y tu suelo poder besar.

Cuando algún día tú sientas
mis pies tu suelo pisar,
temblarás de emoción al ver,
a otra de tus hijas regresar.
Me tomarás en tus brazos
y al arrullo de la brisa,
como una madre a su hija, me dormirás.

Oh, Vieques querido,
hoy de tí no me alejaría,
si tuviera que dejarte,
en tu suelo moriría.

Si al cielo cuando volara,
yo pudiera retornar,
a mi Dios le imploraría
que a tí, mi isla de Vieques,
me volviera a regresar.

Isla de mis amores,
capullo de mis flores,
te adornan tus palmares;
y al arrullo de las olas
se duermen tus mares.

La hospitalidad de tu gente
no se puede comparar.
La llevan en el alma.
¡Es algo excepcional!

Cuando en la penumbra
la luna se asoma,
y llena tus valles de claridad,
extasiada queda al contemplarte;
terruñito de amor y de bondad.

Los querubines desde el cielo,
miran con gran emoción,
tu belleza porque saben
que tienes gran bendición.

Isla de Vieques,
nadie te podrá destruir,
pues tienes al Dios supremo
que está cuidando de tí.

Si la muerte algún día
me impidiera regresar,
mi alma caería en gotas de lluvia,
para tu suelo regar.

A Vieques
Por Guillermo Rivera Colón

Ay, que te vieran mis ojos
de mar en la blanca orilla;
Morropó de rojo barro,
Bastimento de mi vida,
en la mano de mis amores
verde de limo en la quilla.

En la mano tengo un sueño
dorado de aquellos días;
dolor que sangró y que sangra
rojo de sangre en la herida,
y cuando te veo de nieve
en la espuma diamantina
te quiero más que otros tiempos
en la verde maravilla
del dosel de tus palmares,
de la ola cristalina,
del heráldico fortín
que descansa en la colina
y en la roja chimenea
que tiene Santa María.

Te quero, tierra, te quiero
en la escama diamantina
que pone temblor de luces
en las aguas intranquilas.
Verde te quiero de algas
y de limo revestida
en Juan Carlos, Playa 'e' Muertos,
en Coffí y La Lanchita,
y al mirarte y al amarte
te quiero en la blanca cinta
quel contorno de tus playas
pone al verdor de tu euritmia.

Te quiero en el sol canela
que viste de oro a Salinas
te quiero en el Tamarindo
que vió zumbar la chiringa
de mis infantiles sueños
y mis pueriles orgías.
Te quiero en el mar que brama
y te sueño en la bahía,
y te quiero en el reloj
que se yergue en La Alcaldía
y más en la tumba triste
donde se hace tierra y flor
el alma del alma mía.

Te quiero, tierra, te quiero
en la rosa y en la espina
como si tuviera mi alma
la triste melancolía
que tiene Caballo Blanco
de no llegar a tu orilla.

Ay!, Vieques si tú supieras
lo que sufro en mi agonía
¡Cómo te pusieras triste
de pena en la pena mía!

Lancha que llevas mis sueños,
soles que queman mi vida,
nasa que quiso coger
en las rocas coralinas
el pez aureo de un cantar
y sólo pescó una anguila!

No me alumbres, Morropó,
que ya mi barca está herida.
Pez de brillante color,
mis redes están perdidas
en el fondo de la mar
al puñal de la perfidia.
¡No me alumbres, Morropó,
porque me amargas la vida!

Ay! que te vieran mis ojos
del mar en la blanca quilla!
Ay, que no te vieran más
Ay, que no te vieran, isla,
y que en el sueño de ayer
quedara mi alma perdida,
que esta lágrima de fuego
no me queme las mejillas!

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Isla Nena
Por Luis Lloréns Torres

 Cayita, caña y canción.
Vegas de sol y de azúcar,
playa de coco y de sol...
la Isla Madre, la isla encinta,
rompió el mar su dolor;
la Isla Madre abrió su entraña
y la Isla Nena nació;
Vieques, Isabel Segunda,
Cayita, caña y canción;
la caña canta en el llano,
y en el monte el ruiseñor...

La Isla Madre abrió su entraña
y, la Isla Nena nació;
del Heráldico cordero,
polluelo que debajo
de las alas se salió;
becerrito, becerrito,
becerrito corredor,
que la leche toda espuma
de la mar desgaritó...

La Isla Nena es de la madre
que la parió con dolor,
de la madre que al parirla
se salió del corazón.

 

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Vieques Libre

de Leticia Luna

Hoy no sé de auroras gaviotas
ni de botellas perdidas en altamar
Hoy no sé de la noche ni de lluvias
produciendo chasquidos
que arrecian o amainan
según su melancolía

Hoy no sé de viajes
ni de penumbras
sí de alumbramientos

Sé de la libertad
ensanchando sus alas
pronunciando sus versos
incendiando la piel y la sangre
de un trópico rebelde

Vieques libre
¡Viva tu canto!

1º de mayo de 2003: Salida de los marines norteamericanos de Vieques, Puerto Rico

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Destino y Esperanza

Lydia Pagán Tirado

Trajeron a la isla
para emburrar la caña
esclavos en conquista
amalgama de almas

Tortoleños primero
expuestos, maltratados
por el son lisonjero
y el látigo del amo

Visitas que ocuparon
la mudanza en tropel
de los rostros, las manos
y el beso de la piel

Peones y penuria...
todavía batallamos
no con la gente rubia
ni contra americanos.

la contienda es en contra
del hombre dios alado
el que busca en la sombra
gobernar el espacio

grillete y mono en boca
arma el alba temprano
usurpa y provoca

 

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19 de Mayo

Por Jesús Bermúdez

Temprano al amanecer
un 19 de mayo
partí raudo como un rayo
a mis deberes atender,
no me quería perder
aquel acontecimiento
ni de perder el momento
de poderlo disfrutar,
cuando fuimos a luchar
más allá del campamento.

Llegué al puerto de Esperanza
donde todo era bullicio
porque ya había dado inicio
para montar en la lancha
y mirando a lontananza
de aquel mar embravecido
abordé ya decidido
con mi hija aquella lancha
que me alejó de la Esperanza
a completar lo emprendido.

Atrás dejaba a los míos
llenos de angustia y de pena
porque una de las nenas
me acompañó en el navío.
Aquel día estaba frío
cómo poderlo olvidar
si con las olas del mar
se excitaba el alma mía
y así mi hija reía
sin poderlo remediar.

Lluvia y viento desde el Este
nos azotaba en la cara
pero jamás se cambiaba
el rumbo de aquella gente,
la mirada estaba al frente
el corazón palpitaba
y a lo lejos divisaba
el arenal que una vez
en mis años de niñez
un cocal se levantaba.

Ya llegamos a la orilla
adelante compañeros,
saquen todos los aperos
y montemos nuestra villa.
Hoy el sol casi no brilla,
quizás esté abochornado
al ver que a nuestro lado
un viequense nos miraba
y luego nos señalaba
escondiendo bien su rabo.

Y así la misión siguió
en el arenal sin prisa
y comenzamos una misa
que de pronto se rompió
por allí se apareció
un mestizo mexicano,
queriendo ser americano
pero no lo demostró,
eso sí, nos enseñó
que siempre será marrano.

Y comenzó la barbarie
de aquella tropa marina
y nos cayeron encima
como no lo cree nadie.
¿Por qué no dejar que rabie
si viví aquellos momentos
y contemplé los tormentos
de aquella brutalidad
al pegarnos sin piedad
sin oir nuestros lamentos?!

Ayes de dolor, qué importa eso,
pensaría aquel mestizo
mientras tiraba por el piso
las pertenencias del preso.
Pero allá hay otro suceso
bien difícil de creer
y es que a Doña Isabel
una gringa regordeta
encima se le enjorqueta
para hacerla obedecer.

Arriba los pescadores
nunca seremos vencidos
y seguiremos unidos
y seremos vencedores
Vieques nos da los valores
para luchar con tezón
y como tenemos razón
en la lucha que llevamos
no podrá un americano
quitarnos el corazón.

 

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