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"Capital del Sol" - "La Riviera de Puerto Rico" - "Los Comecocos"

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HIMNO

Autor: Carmelo Alvira Guerra

Junto a las costas del mar Atlántico
cerca del Yunque, en un rincón,
entre palmeras, muy arrogante,
se fue formado una población.

Llaman Luquillo de mis amores
al pueblecito que así creció;
chozas de pajas de pescadores
con el progreso se transformó.

Sus bellas playas y sus mujeres,
su fe cristiana y su tradición;
llenan el alma, nos traen placeres
recuerdos gratos del corazón.
Lindos paisajes, campos floridos,
nítido el cielo a la luz del sol
forman del pueblo sus coloridos,
y el alma llenan con su arrebol.

Cuando más lejos nos encontramos,
en la alegría o en el dolor;
Luquilo mío, siempre te emanamos
y te queremos con gran amor.

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LA LEYENDA DEL YUNQUE

(Fragmento)

Por: Juan B. Huyke
Tomado de. "CUENTOS DE PUERTO RICO".

 

/ .... -Verán ustedes. En esta región que conocemos nosotros vivía en los tiempos de la conquista un bravo indio, un cacique cuyo nombre Luquillo, era el mismo nombre de la montaña. Los indios la llamaban "Luquillo", y era su cumbre la que recibía el nombre de "Yuke", que en el lenguaje de los indios significa "tierra blanca".

-Luquillo era un cacique rebelde. Odiábanlo los conquistadores porque él resistía a la dominación. No era menos el odio que el sentía hacia los invasores de su tierra a quienes había jurado vencer con la ayuda de Canóbana, otro cacique como él, que vivía en un yarabi (sitio pequeño) de los más pintorescos de la isla.

-Tenía el cacique una hija muy hermosa. Amábala con intenso cariño Canóbana; pero ella prefería en su corazón a un muchacho de la tribu, uno de los más valientes soldados de su padre y de los más identificados con él en el odio a los conquistadores.

-Un día, en lo más recio de la lucha, llamó el cacique a su hija cuyo nombre era Niyu (Agua Blanca) y le habló de esta manera:

-"Hija mía.

-El cacique, al decir estas palabras emocionóse profundamente. "Quisiera que subieses al Luquillo y pidieses a nuestros dioses que allí viven, un refugio de paz para tu padre."

-La hija aceptó el mandato... Pero... ¿Subir al Luquillo? ¿Acaso era posible?

- ¿Quién me acompañará?"

-El cacique mencionó entonces el nombre de Yarubo, el bravo indio por quien sentía Niyu predilección. Nunca brillaron los ojos de la india con más inmensa alegría. La compañía de Yarubo era la felicidad en la desgracia. El indio habría de tener amplia ocasión de decirle sus amores y ella, en la soledad de la selva, dejarla hablar a su corazón con la franqueza a que estaba acostumbrada.

_"Yarubo es hombre fiel... Ustedes me aguardarán en el yarabi (sitio pequeño) y yo iré a reunirme con ustedes tan pronto venza a los blancos y los haga desistir de su malvado empeño".

El cacique no pensaba de ese modo. Sabía que habría de morir muy pronto en el esfuerzo inútil de conservar sus territorios y quería salvar a su hija de la humillación y de la muerte. Con él moriría Canóbana que en otras circunstancias hubiese sido el hombre con quien habría de casar a su hija. La entregaba a Yarubo que la amaba; en silencio y en cuyos ojos él había descubierto su secreto.

-Cuando el cacique enteró a Yarubo de su propósito, consideróse éste el más feliz de los hombres. Nadie había subido al Yuke, donde habitaban los dioses. La montaña era una inmensa selva sin veredas desconocida aún por los indios de la isla.

"Yo abriré un camino para tí" -dijo Yarubo apasionadamente. "Llevaremos semillas de yucabas y yucubias (batatas y yuca) para sembrarlas en nuestro yarabi."

-El cacique al despedirse de su hija, simuló una alegría que distaba mucho de sentir su corazón. El iba a morir muy pronto pero ¿a qué decírselo a su hija? -"Los dioses te bendigan, hija mía. Por donde quiera que pases pon sibas (piedras) y márcalas de algún modo para que yo pueda saber donde te encuentras."

-"¿Y vendrás pronto?"

-"Tan pronto me lo permitan mis deberes"...

-"Tú, Yarubo," dijo el cacique, "salvarás a Niyu de todo mal y ella será tuya, sólo tuya" ...

-La hija se abrazó al cuello de su padre. Lloraba y reía a un mismo tiempo.

-La ascensión empezó inmediatamente. ¡Penosa ascensión! Días y más días pasaron los indios en el esfuerzo por subir a la cumbre de la montaña. Todas las tardes suspendían su fatigoso caminar y descansaban. Entonces gozaban de la felicidad de su amor y solamente se sentían tristes cuando, al pensar en el cacique, ponían las sibas indicadoras del camino que el padre ausente habría de recorrer también en cuanto terminaran sus esfuerzos por salvar sus territorios invadidos.

-Una tarde llegaron a la cumbre rendidos de fatiga en el esfuerzo final. Desde ella contemplaron el hermoso espectáculo. El sol se hundía entre las nubes lejanas no tan altas como la cumbre del Yuke. A todos lados el mar. Y la tierra que veían a la distancia, ¡qué bella! y ¡qué grande!... Yarubo sintió que las lágrimas acudían a sus ojos en la contemplación del impresionante panorama.

-Cuando Niyu, encantada con el espectáculo de su tierra maravillosa se fijó en el indio a quien amaba y notó que dos gruesas lágrimas descendían de sus ojos acercósele con cariño y díjole estas palabras: "Sé que lloras por la tierra que abandonaste.» "Si", contestó Yarubo. ¡qué grande es el amor que a ella nos ata! Ni en la montaña de los dioses, junto a la mujer a quien amamos podemos olvidarla" ...

-Niyu no había pensado en esas cosas. Al oír a Yarubo clavó también sus ojos en el llano y pensó: "¡Qué grande es el amor a nuestra tierra! Ni en la montaña. de los dioses, junto al hombre a quien amamos, podemos olvidarla".

-Pasaron algunos días... Los dos indios felices sentían que en su felicidad algo les faltaba. Desde lo alto del monte veían en todos los momentos los hermosos territorios abandonados, donde los hombres de su raza morían valientemente, por defenderlos de los invasores sin conciencia.

-Una tarde estaba tan triste Yarubo que Niyu se le acercó amorosamente.

-"Tú sufres, Yarubo. Yo lo sé".

-"Y ¿por qué lo sabes, Niyu, si no te lo he confesado nunca?"

-"¿Por qué? Porque yo sufro también."

-Yarubo y Niyu se abrazaron. Los dos amaban del mismo modo a su tierra borincana. Al mirarla desde el cielo de su desdicha los dos dijeron a un tiempo. "Vamos a descender".

-"Vamos a descender"...

-Y comenzaron a descender una mañana, olvidada la dulzura de sus amores en el silencio de la montaña por el sagrado deber de volver a la tierra invadida, para defenderla, para morir por ella.

-En el descenso enfermó la bella Niyu. Una fiebre muy alta que enloqueció a Yarubo se la llevó en pocos días de este mundo. Y Yarubo la enterró en lo más alto de la montaña y puso sobre ella las sibas del camino. . .

-La india que subió al Yunque descubrió allí, en su corazón, el más grande de todos los amores: el que sentía por su tierra ...

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Wazávara
Taí-no Taí-ba

Taí, Taí, ¡Caribá, ¡Caribá!
Aganiem ariabu
 

Hombres nobles del Burén-Kén
Tostados por el sol del Caribá
Alzan sus brazos, armas en mano.
Arcos, flechas, makanas,
lanzas rupestres de la mano Cacibajaua.
 

Heketi, iamoka, kab-buin, bibiti
Muchos hombres bravos atacan sin temor.
 

¡Han Han! ¡Naniba!
El macaru alerta los espíritus
con ojos de cucuios.
 

¡Caribá! ¡Agani!
Wazávara en el Iuké.
 

© Osvaldo Medina 1990 Taino.com

 

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