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Jayuya 

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"Los Tomateros", El Pueblo de los Tres Picachos"

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HIMNO

Antes nos yergue
fuerte y majestuso
nuetro pueblo cuya
historia nos ensalza.

En sus montes de un
verdor indescriptible
nacen ríos, riachuelos
y quebradas

Siente orgullo todo aquel buen
jayuyano por sus bardos
sus patriotas y poetas,
en esencia sus mujeres
amorosas son orgullo de
la tierra borinqueña.

Coro:
Tierra alta primorosa,
las riberas de tus ríos
nos recuerdan nuestra infancia
y la herencia del taíno luchador

Tierra alta, patrimonio
de nobleza, gente amena
hospitalaria y muy sincera
Compatriota, en nuestro
pueblo eres hermano,
te brindamos un abrazo borincano.

Jayuyano tú que amas
nuestro pueblo
si estás lejos
llévalo en tu corazón,
no te olvides de los
que nos precedieron,
ya son parte de la
historia y del honor.

Coro:
Tierra alta primorosa,
las riberas de tus ríos
nos recuerdan nuestra infancia
y la herencia del taíno luchador


Autor: Miguel Requena Maldonado

 

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Mi caballo

Nemesio Canales


Mi caballo no vuela, ni corre desbocado,
al látigo obediente de ningún ideal.
Mi caballo es un manso caballo fatigado
que sabe que es lo mismo correr que estar parado...
¡Porque todo es igual!
Mi caballo va lento, mudo, y un poco triste,
curado de las fiebres del odio y del amor,
no sueña con la hembra, ni con ardor la embiste:
sólo le pide un poco de dulzor
a su carne de flor.
Mi caballo está enfermo de una melancolia
que le pone en el belfo un rictus de ironía:
mueca de la tragedia de su vida vacía.
Abomina del sol... y busca, por el día,
la sombra solitaria del árbol de la filosofía.
Y es tan sólo de noche, que a mi caballo viene,
la vaga ensoñación
del gran enigma que toda vida tiene
dentro del corazón.
Mi caballo va lento, va callado, va triste...
Y aunque el pájaro azul de la ilusión
le canta, a veces, dentro, romántica canción,
siempre en el tardo ritmo de su paso persiste...
Y sigue su camino, bien callado, bien triste,
rumiando la amargura de todo cuanto existe.

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COABEY
Juan Antonio Corretjer
En homenaje a Nemesio Canales


En Jayuya hay un monte trino y otro que lo sobrepasa.
Allí el valle de Coabey pinta tomates y abre sus casas.
¡Esta es la Tierra de los Muertos, según la leyenda indiana!
Cuando en las alturas huyen las nubes como torcaces retrasadas,
sus sombras huidizas cruzan el valle como fantasmas.
¡Pero el monte inmenso no pasa!
En el crepúsculo los grises, los dorados y los malvas
atenúanse y adelgazan y la gran sombra se los traga.
¡Pero el monte inmenso no pasa!
En Coabey hay un río que corre.
Y corre y corre. Y nunca pasa.
En Coabey hay un monte inmenso en la inmensidad de la montaña
y hay en Coabey un claro río que salta y ríe con pícaras aguas.
En lo inamovible y en lo fugaz vio la perdurabilidad enlazada.
Como el monte pensó, y se queda.
Como el agua rió, y no pasa.
El vio una sombra galopante. Algunas sombras palicaban.
Hacia un lejano sol, riendo, hacia un lejano sol, marchaba.
Por Coabey pasan muchas sombras. Estas pasan.
Pero él no pasa.
De ayer vinimos hasta hoy.
Ya el trimotor vuela al mañana.
Y el avión proyecta su sombra sobre la tórrida montaña.
Por Coabey ha pasado esta sombra en el frío de la madrugada.
¡Y todos vamos con aquél que hacia un lejano sol marchaba!

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