Compañera
 
Tu voz, viajera de muchos siglos,
llegó apoyándose en un sueño.
En ningún país la reconocían.
No cabía en ningún recuerdo.
No sigas. Quédate. Eres mía.
Lo sé desde el alba del tiempo.
Tus ojos perseguidos
todavía tiemblan de miedo.
Oscuras jaurías de angustia
los acosaban.
Cierra. Hay viento.
Descansa. Es la dicha tranquila.
El reposo. El silencio y el fuego.
Iban tus manos entre mis libros,
entre mis flores y mis versos
naturalmente, sin asombro.
Tampoco había asombro en ellos.
Las rosas que ahora te miran
son nietas de las que te vieron.
Descansa. Quédate. Eres mía.
Lo sé desde el alba del tiempo.

Juán Guzmán Cruchaga

Santiago (1895 -1979)

VIEJO PREGÓN

Las tres han dado y sereno...
din don
din don
din don
Ave María Purísima
las tres han dado y sereno...

Viejo pregón, recuerdo colonial
mejores tiempos, nos haces añorar
tu melodía dulce y sentimental
viejo pregón, recuerdo colonial.

Y a la oración, se oye entonar
aquel pregón, romántico ideal.

Y a la oración, se oye entonar
aquel pregón, romántico ideal.

Din don
din don
din don.

Oh mi Santiago, nunca podré olvidar
el Calicanto y el viejo Tajamar
solo me queda, pa poder recordar
aquel pregón, del tiempo colonial.

Y a la oración, se oye entonar
aquel pregón, romántico ideal.

Y a la oración, se oye entonar
aquel pregón, romántico ideal.

Tierna plegaria,  de una dichosa edad
días felices, que ya no volverán.
Siento la voz,  del pasado ancestral
viejo pregón, recuerdo colonial.

Y a la oración, se oye entonar
aquel pregón, romántico ideal.

Y a la oración, se oye entonar
aquel pregón, romántico ideal.

Viva Chile
las tres han dado y sereno
din don
din don
din don.
 

Nicanor Molinares

CARTA A SANTIAGO

Mis pensamientos aún permanecían bajo la lluvia y el frío de la noche de Madrid, seguía pensando en lo que me esperaba a la vuelta, que había dejado pendiente tras mi salto a Chile.

Algo más de trece horas de avión, que fueron sucediendo entre comidas, lecturas, y trozos de sueño, me llevaron casi sin apenas darme cuenta a un amanecer entre los Andes. Me encontraba aterrizando en otro mundo, en la primavera de finales de noviembre. Y me sigue, incluso aquí, resultando extraño hablar de primavera en noviembre, de verano en enero. No muchas más cosas me resultan extrañas en esta tierra.

Ya sabía de La Alameda, del barrio de Bellavista, de La Moneda o de la Casa Colorada. Sabía de su historia, de sus gentes, su cultura y de los matices de su lengua. Había carreteado en Sevilla, tomado piscos sawer en Málaga. Conocía del acento al pronunciar las "erres" o al omitir algunas consonantes, como cuando se mastica chicle, seguramente de Norteamérica. Es muy próximo al sur de España, a cualquier sur.

También supe de Neruda, de sus pasos, de sus poemas. Sólo me faltaba visitar su casa, sus casas, sus lugares, entrar en los rincones donde él estuvo y dio forma a sus versos, a sus cartas.

Aún por descubrir quedaba la luz de una inmensa ciudad; cálida, viva y llena de colores. En el amarillo intenso de sus autobuses, en el negro de sus taxis. Descubrí un sol que camina por el norte, que proporciona largos días y que se empeña en amanecer temprano. Sus avenidas son como un río lleno de vida, de personas que la pueblan y que acuden presurosas de un lugar a otro. También encontré su río, el Mapocho, al que estaban retocando para aprovecharlo como avenida. Ya ven, a mí que su avenida me sabe a río, mientras que su río será una futura avenida.

Esta ciudad está llena de olores. Huele a jardines, a iglesias, a gasolina casi sin quemar, a jabón y detergente de la ropa, a comida: a chancho, empanadillas, chirimoyas, pisco sawer y fruta, probablemente resultado de los hoteles de Providencia donde me encuentro.

Edificios que se asemejan a objetos de distinta índole: barcos, castillos, etc. Edificios de cristales, instalados por multinacionales que conviven con viviendas, mercados y viejas iglesias.

Una ciudad de olores, universitarios, montañas y poetas. Es cierto que sólo se ama lo que se conoce, y me parece que ya te conocía de antes, Santiago.

 

Ricardo Sotillo, en Santiago de Chile,

 28 de noviembre de 2003

A mi Ciudad

Quien me ayudaría
A desarmar tu historia antigua
Y a pedazos volverte a conquistar
Una ciudad quiero tener
Para todos construida
Y que alimente a quien la quiera habitar.

Santiago, no has querido ser el centro
Y tu nunca has conocido el mar.
Como serán ahora tus calles
Si te robaron las noches.

En mi ciudad murió un día
El sol de primavera
A mi ventana me fueron a avisar
Anda, toma tu guitarra
Tu voz será de todos los que un día
Tuvieron algo que contar.

Golpeare mil puertas
Preguntando por tus días
Si responden aprenderá a cantar
Recorreremos tu alegría
Desde el cerro a tus mejillas
Y de ahí saldrá un verso a mi ciudad.

Santiago, quiero verte enamorado
Y a tu habitante mostrarte sin temor
En tus calles sentirás mi paso firme
Y sabre de quien respira a mi lado.

En mi ciudad....

Canta, es mejor si vienes,
Tu voz hace falta
Quiero verte en mi ciudad (bis)

En mi ciudad....




ODA AL ACEITE


Cerca del rumoroso

cereal, de las olas

del viento en las avenas,

el olivo

de volumen plateado,

en su torcido

corazón terrestre:

las gráciles

olivas

pulidas

por los dedos

que hicieron

la paloma

y el caracol

marino:

verdes,

innumerables,

purísimos

pezones

de la naturaleza,

y allí

en

los secos

olivares,

donde

tan sólo

cielo azul con cigarras,

y tierra dura

existen,

allí

el prodigio,

la cápsula

perfecta

de la oliva

llenando

con sus constelaciones el follaje:

más tarde

las vasijas,

el milagro,

el aceite.



Yo amo las patrias del aceite,

los olivares

de Chacabuco, en Chile,

en la mañana

las plumas de platino

forestales

contra las arrugadas

cordilleras,

en Anacrapi,

arriba,

sobre la luz tirrena,

la desesperación de los olivos,

y en el mapa de Europa,

España,

costa negra de aceitunas

espolvoreada por los azahares

como por una ráfaga marina.

Aceite,

recóndita y suprema

condición de la olla,

pedestal de perdices,

llave celeste de la mayonesa,

suave y sabrosa

sobre las lechugas

y sobrenatural en el infierno

de los arzobispales pejerreyes.

Aceite, en nuestra voz, en

nuestro coro,

con

íntima

suavidad poderosa

cantas:

eres idioma

castellano:

Hay sílabas de aceite,

hay palabras

útiles y olorosas

como tu fragante materia.

No sólo canta el vino,

también canta el aceite,

vive en nosotros con su luz madura

y entre los bienes de la tierra

aparto,

aceite,

tu inagotable paz, tu esencia verde,

tu colmado tesoro que desciende

desde los manantiales del olivo.

Pablo Neruda

La Poesía Es Un Atentado Celeste
 

Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia
Hay la espera de mí mismo
Y esta espera es otro modo de presencia
La espera de mi retorno
Yo estoy en otros objetos
Ando en viaje dando un poco de mi vida
A ciertos árboles y a ciertas piedras
Que han esperado muchos años

Se cansaron de esperarme y se sentaron

Yo no estoy y estoy
Estoy ausente y estoy presente en estado de espera
Ellos querrían mi lenguaje para expresarse
Y yo querría el de ellos para expresarlos
He aquí el equívoco el atroz equívoco

Angustioso lamentable
Me voy adentrando en estas plantas
Voy dejando mis ropas
Se me van cayendo las carnes
Y mi esqueleto se va revistiendo de cortezas

Me estoy haciendo árbol
Cuántas veces me he ido convirtiendo en otras cosas...
Es doloroso y lleno de ternura

Podría dar un grito pero se espantaría la transubstanciación
Hay que guardar silencio Esperar en silencio.

Vicente Huidobro

Pirque - Cordillera (1893 -1948)

 

La Lola

Del origen y el porqué del actuar de la célebre Lola o mujer de los cerros se cuentan distintas versiones. Hay alguna que dice que era una de las hijas de la Llorona, quizás la más hermosa. Los que esto aseguran cuentan que La Lola, cuando ya era más grandecita, al saber que su madre había desaparecido, la fue a buscar por todo el valle del Maipo, hasta que una noche unos campesinos la encontraron muerta en la ribera del río. Desde entonces habría empezado a aparecerse como espíritu. Otros cuentan que era una niña lindísima que se iba a casar a temprana edad, pero su novio la abandonó. Ella habría jurado, entonces, vengarse de todos los hombres por el daño que su prometido le había causado.

Huyó a los cerros, y allí vivió esperando a los arrieros, baquianos, cabreros y excursionistas para hechizarlos con la mirada de unos ojos verdes profundo y extraviarlos luego por precipicios y quebradas con el fin de eliminarlos. La forma más usual de guiarlos hacia la muerte era mediante el hondo eco de su voz, que resonaba en las quebradas produciendo en los que la oían un irresistible efecto de atracción.

En la muerte de esta hermosísima niña jugó un rol un joven cazador de conejos que solía aventurarse por los parajes que La Lola frecuentaba. Secreta e involuntariamente, el cazador la descubrió postrada bajo un árbol, contemplando la luna llena, vestida con un sudario blanco de nieve, y entonces se enamoró perdidamente de ella. Teniéndola fija en su memoria, y con esa fuerza que el amor da a los corazones enamorados, en otra noche de luna el joven cazador se atrevió a salir en busca de su pretendida amada para expresarle su pasión. El cazador de conejos quería cazar a su conejita. La buscó y la buscó, hasta que la encontró, pero ella huyó como gacela herida profiriendo maldiciones contra el intrépido cazador que había osado aproximársele tanto. El joven le declaró su amor a gritos, mas por respuesta sólo obtuvo una lapidaria frase por parte de la amada: “ ¡Nunca más amaré a un hombre, morirás por haber tratado de llegar a mí!”.
Pasó el tiempo, y como la pasión es más poderosa que toda resistencia, nuevamente en una noche de luna, el joven cazador, no resistiendo su soledad, salió a buscar a la mujer que le quitaba el sueño. Pero así como la pasión triunfa ante toda resistencia, también cae derrotada frente a su propio poder; pues ciego, ciego de pasión, el muchacho cazador se fue caminando por los peñascos como quien fuera por las nubes, hasta que tropezó y cayó a lo hondo de un precipicio, donde perdió su vida sin remedio. La niña Lola, al verlo muerto, rió y se alegró.

Pero ella era también una chica ingenua. Aconteció que justamente en los momentos en que celebraba la muerte de su pretendiente, se dio cuenta que un viejo ermitaño que habitaba esos lugares, habiendo tomado la forma de árbol, le hablaba a través de sus ramas, diciéndole: ”¡Tu muerte, pequeña, será similar a la que has hecho sufrir al joven enamorado!”. La hermosa niña rió de la sentencia, mas una noche en que encantaba a un arriero conduciéndolo hacia una muerte segura a través de una quebrada casi inaccesible, fue ella la que tropezó con una roca filosa, se cortó una de sus piernitas y cayó hacia el vacío y hacia el fin de su vida. Pero aún tuvo la entereza de gritar, mientras caía, que volvería desde más allá de la muerte para terminar de vengarse de todos los hombres.

El espíritu de la pequeña Lola cumplió su promesa. Después de mucho tiempo comenzó a vagar por cerros y montañas, por precipicios y quebradas, encaminando a los arrieros y baquianos hacia una muerte segura en la boca de un acantilado o en las entrañas de un desfiladero. De su belleza, hasta versos le han recitado los brutos y duros arrieros, que la describen como una linda muchacha de cabellos negros y ojos verdes, tez pálida, frágil y delgada, volátil, que va suspendida por los aires sin tocar el suelo, con sus pies de plata, rodeada de murmullos suaves al principio, como el rumor del agua de un manantial, y luego de fuertes gritos, como de miles de almas espantadas de soledad y frío. Como clave para salvar la vida, los arrieros recomiendan no mirarla y huir de su presencia que encanta. Pero al mismo tiempo advierten que no es fácil escapar de esa voz cristalina, que se despliega cuando la tempestad azota, y que penetra hasta el más rígido tímpano pronunciando un nombre masculino para guiar a quien así se llame a su desaparición, allá en las montañas insondables.

Juan Pablo Yanes Barrios

PECADO COMUNAL
 

Del trazo ajeno de mi mano
te escribo, San Bernardo.

Jamás probé las amargas calles
De tu pasado fértil
(Eras ciudad apartada,
Gritabas el silencio urbano)
Ni he contado las hojas
De los árboles agonizantes
En la ventana torcida.
No bailé los días
De Maestranza
Al ritmo metalizado de sus máquinas.
Hubiera querido dormir en tus llanos
Apartados del Paraíso Terrenal,
Pero las golondrinas y las moscas
Una y otra vez
Desviaban mi sueño.
San Bernardo, nada hice
Digno de agradecer
Pero lloró contigo
Todas las horas de tu eterna noche.

Ursula Starke

San Bernardo - Maipo (1983)

 

 

YO SOY TALAGANTINA

"Soy nacida en este pueblo
que se llama Talagante
y lo miro con cariño
porque es muy tolerante.
Tengo toda mi familia
repartida en este lugar
si usted quiere conocerlo
lo voy a felicitar.
Talagante es ambicioso
y quiere siempre crecer
no se ahoga en poca agua
y ya llega a florecer..."


Ana Catalán O.

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