Himno a Rancagua

Letra: Oscar Castro Zúñiga
Música: Fernando Morales Acevedo


CORO

En Rancagua dio trémula nota
el clarín de la muerte al sonar
y fue un riego la sangre patriota
para el árbol de la libertad.

Ave Fénix, que nunca perece
revestida de un nimbo triunfal,
¡Oh Rancagua! Tu gloria florece
en un loco heroísmo inmortal.

En tu plaza se vio reflejada
una hoguera de inmenso fulgor
de tu plaza la gran llamarada
y de O’Higgins el fiero valor.

Cual guirnalda de octubre, florida
en tus calles los nombres se ven
de los bravos que al darte sus vidas
un laurel han prendido en tu sien.

Y una torre que el tiempo detiene,
centinela de honor y de luz,
para el pecho del héroe sostiene
de martirio y de gloria, una cruz.

ROMANCE DEL HOMBRE NOCTURNO

Mi yegua subía, lenta

con firmes pasos de bronce.

La noche de crucifijos

fulgía sobre los montes

Andaba el agua desnuda

En claras conversaciones

Con los grillos y las piedras

Y las huidas canciones

 

"Es mala la noche amigo,

y en el monte andan ladrones"

¡Buen viejo!, me lo decía

allá en el campo de trojes

y un sobresalto rondaba

por sus pupilas de azogue.

 

Pero era buena la sombra

Madura de oros y olores

¿Miedo?, mi yegua era firme

y yo llevaba un revolver en el cinto

y en el pecho, un ancho

corazón de hombre.

 

Sin embargo,sin embargo,

mi mano sobresaltose.

Cuatro jinetes venían,

Pausados bajando el monte.

Los vi recortarse, negros

Contra las constelaciones.

Mi bestia irguió las orejas

en agudos aguijones

Y la estría de un lucero

Rieló sobre mi revolver.

 

¡Quién va!

los vi detenerse,

y mi voz multiplicose

rebotando en los

picachos como en cojín de resortes.

 

Cruzaba en ese momento

un paso de angostos bordes:

A la derecha, el abismo,

tinta o residuo de noche;

adelante, los jinetes;

a la izquierda - muro- el monte.

 

Seguí avanzando en la sombra,

hacia las sombras inmóviles.

traspuesto el paso difícil,

me tropecé con sus voces:

¿Adónde marcha el amigo?

Al pueblo de mas al norte.

Me esperan mi vieja madre

Y mis hermanos menores.

Los dejé un día de marzo;

Cinco años van desde entonces.

 

Ancha mi voz y serena;

La suya opaca y de cobre

en un fulgor de emociones

Acompañaré al amigo

hasta que trasponga el monte.

 

Cinco jinetes tomaron

Rumbo a las constelaciones

Bajaron cinco jinetes

Con firmes pasos de bronce.

Cuatro pararon de pronto

Y el otro siguió hacia el norte,

Después de estrechar las manos

Tendidas de los cuatro hombres.

 

Clareó mas tarde en el cielo.

Amanecer de limones.

Palabras de agua liviana.

Pájaros madrugadores

Cerca, maitenes y boldos;

lejos, Rancagua y sus torres;

y entre sus casas, mi casa,

con ciruelos y parrones

!y mi madre con sus ojos

de mares y horizontes!

 

Detrás el recuerdo grande

de un bandido que era un hombre.

Oscar Castro Zúñiga

Rancagua (1910 - 1947)

ROMANCE DE BARCO Y JUNCO

El junco de la ribera
y el doble junco del agua,
en el país de un estanque
donde el día se mojaba,
donde volaban inversas,
Palomas de inversas alas.

El junco batido al viento
-estrella de seda y plata-
le daba la espalda al cielo
y como el cielo se curvaba,
como un dibujo salido
de un biombo de puertas claras.

El estanque era un océano
para mi barco pirata:
mi barco que por las tardes
en un lucero se anclaba,
mi barco de niño pobre
que me trajeron por pascua
y que hoy surca este romance
con velas anaranjadas.

Estrella de marineros
el junco al barco guiaba.
El viento azul que venía
dolorido de fragancias,
besaba de lejanías
mis manos y mis pestañas
y era caricia redonda
sobre las velas combadas.

Al río del pueblo, un día
llevé mi barco pirata.
Lo dejé anclado en la orilla
para hacerle un ensenada;
mas lo llamó la corriente
con su teléfono de aguas
y huyó pintando la tarde
de letras anaranjadas.

Dos lágrimas me trizaron
las pupilas desoladas.
En la cubierta del barco
se fue, llorando, mi infancia.

Oscar Castro Zúñiga

Rancagua (1919 -1947)

 

Himno a la ciudad
de San Fernando

Letra: José Vargas Badilla
Música: Carlos Cepeda


San Fernando, comarca de ensueños,
San Fernando, cristal de emoción.
Territorio de rojas camelias.
semillero de paz e ilusión.

Tierra henchida de gracia temprana,
acuarela de luz y verdor.
Tierra huasa de apuestas mujeres,
y hombres fuertes tostados de sol

En tus casas de antiguos zaguanes,
teje el tiempo leyendas de amor;
prende el beso, la risa, el abrazo,
el embrujo de vieja pasión.

Por tus calles aún ronda Rodríguez,
guerrillero, adalid popular,
y en tu plaza la fuente susurra,
emotiva canción colonial.

Y tus ríos -dos cintas de plata-,
de las cumbres camino hacia el mar,
rumorosos estrechan tus faldas,
y fecundan tu vientre al pasar.

 

ROMANCE A SAN FERNANDO

En la moza Colchagua

-terruño de vides morenas,
rumorosos esteros
y manzanos de leyenda-
donde los campos verdes
se visten de flores nuevas,
y el canto del zorzal
rueda por la floresta.
Existe un bello pueblo
de casonas solariegas
fundado entre dos ríos
bajo las estrellas.

 
San Fernando el Real
éste por nombre lleva.
Huaso pueblo cetrino
de arpas y vihuelas,
estribos y monturas,
tonadas y cuecas.
En él florece el almendro
y las rosadas camelias,
los jazmines del cabo
y los nardos de seda.
También las mujeres
primorosas y bellas,
que junto a la plaza
cual flores se muestran.

 
Entre árboles de antaño
y verdes enredaderas,
entre lirios y jazmines
y dulces madreselvas,
sentado en tu plaza
mi alma entera sueña.
Y todo me remonta
a ver luces nuevas,
donde lo esencial florece
como letras de un poema.

 
San Fernando querido
-comarca de las camelias,
embrujo de tradiciones
y sueños de quimera-.
Mi pregón va por el aire,
hasta las altas estrellas,
en melódico romance
para la más linda tierra.

Daniel Osorio Lizama

TREN DE PICHILEMU EN VERANO

Solía verlo pasar el día Domingo por la noche.
Era una gran serpiente cascabel,
tirando y empujando a reventar,
abriendo los brazos para sacar más fuerza,
poner un píe adelante y frenar
para sostener el peso de su cuerpo
y detenerse finalmente.

El Tren de Pichilemu
llegaba hundiendo su metal en los rieles
y hundiendo los rieles en la tierra.
Tenía algo de agradable,
pero mucho más de desagradable.
Tenía impresión de intestinos,
vaporizando un olor a cuerpo
que se ha olvidado del agua.

Era un obrero transpirado por la noche.
Daba la impresión de que dormía sin bañarse.
Era un pedazo de estómago abierto,
con microbios,
con gentes que fumaban y bebían,
con gentes que volvían a fumar.

Parecía que despertaba siempre en día Lunes,
con sed, con el estómago reseco,
con la piel picada y cubierta de viruela.
Le asomaban cicatrices por todas partes,
y tenía heridas sin curar aún.

Le miraba pasar con entusiasmo.
Todas las gentes eran una sola.

Se quedaba parado en Marchigue
para mostrar su espectáculo,
su escena de acuario turbio,
sus luces de carnicería sucia.

Sin embargo invitaba a una copa,
a un trago de vino ahumado.

Invitaba a seguirle con entusiasmo
y muchos le seguían.
Yo también le seguía a veces,
me olvidaba con gusto que parecía intestino.
Me dejaba llevar hasta su meta
y le pedía que me regresara después.
Me veía arriba fumando,
ayudándole a avanzar,
a enterrar sus ruedas con costras.

Rugía furioso y se esforzaba,
no le gustaba que le creyeran débil.

Se alejaba como una cascabel,
con escamas trasnochadas,
pero sin avergonzarse.

Se iba pidiendo camino,
doblando su espina dorsal
con flexibilidad de anciano fuerte,
fumando su pipa de petróleo,
haciendo gestos de despedida cansada.

Era un estómago que se cerraba.
Tenía poros por donde las gentes miraban,
por donde se veían gentes fumando,
apagándose los cigarrillos en las ropas,
empujándose, riendo y disgustándose,
bebiendo vino en melones,
contando anécdotas de playa.

Muchachas tostadas daban la impresión
de haber besado haciendo el amor en la arena.

Sin embargo el Tren no se avergonzaba.
Tenía gran personalidad,
me conmovía y le envidiaba,
y cuando se había alejado
me quedaba con el deseo
de que me hubiera llevado con él.
 

Valentín A. Gajardo Ríos

Marchigue (1963)

Himno a Pichilemu
Letra: José Vargas Badilla

Paraíso de magia y ensueño,
tierra henchida de gracia y pasión,
Ebrio el mar de canciones y besos,
prende y llena tus playas de amor.

Ciudad nuestra, sonrisa del aire,
en ti cantan los vientos y el sol.
Las gaviotas alegran tus calles
y engalanan el mar de ilusión.

Hay nostalgia de barcos y remos
en la comba turgente del mar;
añoranzas de cielos porteños
y marinos que vienen y van.

Viene el alba aromada de pinos,
bajo un cielo radiante de sol.
Cascabeles de ensueño y rocío,
hoy pregonan alegre canción.

Fecundemos sus campos de amores,
exaltemos la fe, la ilusión;
y escribamos en letras de bronce,
Pichilemu es un nido de amor.

Dulce patria impregnada de sales,
del papayo embriagado de sol.
Hoy tu nombre lo llevo en mi sangre
y florece en romances de amor.

 

 

Volver al mapa