A esta región fue donde llegó el primer extranjero a Chile, dando de paso al verdadero descubrimiento de Chile por parte de un europeo, ya que en 1520 Fernando de Magallanes puso pie en estas latitudes.

 

HIMNO A MAGALLANES

José Perich S.- Enrique Lizondo C.
 

Oh sublime Región de pioneros
con tus pampas de verde coiron,
pobladores con temple de acero,
oro negro, ganado y carbón.

Junto al mar han surgido tus pueblos,
las industrias y estancias al par,
las antorchas de Tierra del Fuego
son emblemas de tu libertad.

Bajo tu cielo estrellado brindando esfuerzo viril,
Punta Arenas, Puerto Williams, Natales, Porvenir,
junto a los cielos antárticos con Dios y un bello ideal,
Chile nos dice presente en su bandera inmortal.

Paraíso de nieve en invierno
va volando en el hielo el patín,
y en el ala de todos los vientos
el verano se asoma hasta tí.

El estrecho y sus tardes boreales
la belleza del mundo insular,
las exóticas Torres del Paine,
Magallanes, trabajo y hogar.

Bajo tu cielo estrellado brindando esfuerzo viril,
Punta Arenas, Puerto Williams, Natales, Porvenir,
junto a los cielos antárticos con Dios y un bello ideal,
Chile nos dice presente en su bandera inmortal,
en su bandera inmortal.

  

CANTO A MAGALLANES

Creo, Señor

Yo te rezo, Señor, por Magallanes

Yo te pido, mi Dios, por su futuro

Esa orgullosa tierra conquistada

Por caminos que tu mismo trazaste.

Entendemos que el pan nuestro generoso

Es el frío que sentimos cada día

Coronada con la nieve y con el viento

Comprendemos muy bien nuestra presencia

Entre hielo y Coirón, es nuestra lucha.

No nos dejes Señor que en tentación caigamos

De abandonar la tierra que los viejos nos legaron

Haznos firmes que así te lo pedimos

En memoria de aquellos que forjaron

Al patrimonio grande que heredamos

Con profunda fe esperamos,

A los que vendrán después

Cuando nosotros, cansados,

Debamos dejar la lucha;

Aquellos que nos reemplacen

Deben llegar con coraje,

Con amor, con esperanza,

Y recogiendo de frente al desafío entregado,

Que no olviden a la gente que ha dejado el corazón

En esta tierra tan bella donde no calienta el Sol.

Creo Señor en Magallanes,

Creo en sus fiordos, sus canales,

Sus ovejas, su petróleo,

Cree en su gente valiente,

Campesinos, obreros, marineros,

Del petróleo y estudiantes

Ganaderos, caminantes

Trabajadores de Chile,

Que entre los hielos y el viento

Hacen su patria y su vida.

Creo también en sus mujeres

Laboriosas y leas,

Que en su vientre majestuoso

Llevan el fruto glorioso del futuro regional,

Creo, creo en sus ciudades, Señor,

Punta Arenas y Natales

Porvenir, Cerro Sombrero

Cullen, Williams, Manantiales

Y también en posesión.

Creo en Cacique Mulato,

Río Seco y Onaisín,

Creo en Cerro Dorotea

Y en las estancias australes,

Ellas son fértil reflejo

Del esfuerzo acumulado

Entre la escarcha y al nieve

Entre la lluvia y el viento,

Dios te salve Magallanes,

Tierra de heroicas jornadas

De pampa, madera y lana.

 

¡Dios te Salve Magallanes!

Por los siglos de los siglos,

¡Así sea ... así sea!

 

Fernando Ferrer
 (El autor de el "Canto a Magallanes"
murió el 20 de Septiembre de 1996)

NIEBLA


La niebla ha ido adensándose
en forro azul—ceniciento
y cegando el mar nos hurta
la nidada de archipiélagos:
hembra tramposa y ladina
que marcha con pasos lerdos.

Difumina a Chiloé,
llega hasta Tierra del Fuego
y trueca en malabaristas
lomos de niño y de ciervo,
y mi bulto escamotea
sólo porque lloren ellos.

Ya las trampas le conozco
de Redondear el cerco
y hacer "la gallina ciega"
con el pastor o el arriero.
Ella ahora está jugándonos
el su sempiterno juego
y urde ballenas y pulpos
de un vago mar hechicero.
Nos da por bien ahogados,
perdidos y prisioneros,
aunque estarnos bajo de ella,
como Dios nos hizo: enteros.

Les cuchicheo a mis críos
que no es bulto, que es resuello,
que no es brazo de ahogarnos,
que es, no más, bostezo muerto,
que no peleamos con héroe
sino con blanco esperpento.
Y el huevo azul entreabrimos
a lancetadas de acentos
y se lo desbaratamos
con los dos calientes cuerpos.

En el acuario de niebla,
acribillado de engendros,
el remador de tres mares
se ha puesto a contar sucesos;
dice los lentos canales,
romances los estrechos
como quien devana mundos
con las manos y los gestos.

Ahora el viejo está contando
el largo relato añejo,
de las costas masticadas
por el mar de duros belfos
y está diciendo a la Antártica
que habemos y que no habemos...

La Antártica de su boca
sube como alción en vuelo,
el blanco animal divino
engolado y soñoliento.
Así con ella dormimos
fraternales y mansuetos,
la bestezuela del símbolo
y el indio calenturiento.

Nos acabamos en donde
se acaba igual que en los cuentos,
la Madraza que es la tierra
y acaba en santo silencio;
pero los tres alcanzamos
el apretado secreto,
el blancor no conocido,
el intocado Misterio.

Gabriela Mistral

 

 

 

 

CANCIÓN A PUNTA ARENAS
(PUNTA ARENAS)
.

Cuando vayas por esos caminos
y te bese la nieve y el viento,
más al sur, más allá del olvido,
te estará saludando mi pueblo.

Cuando vayas por esos caminos
y te asustes de tanto silencio,
unos ojos, de sueño dormidos,
te hablarán de mi tiempo de cuento.

Punta Arenas tiene la miel,
tiene fruta madura,
tiene, de hijo, pintada la piel,
tu pequeña cintura.
Tiene el alba encendida de sol,
tiene la tarde quieta,
para darte, en un beso de amor,
lo mejor de la tierra.

Recitado.
Posesión, Manantiales, Puerto Percy
y tu Cerro Sombrero, todo nieve.
Hay una hoguera, siglo, contra el cielo
es la pampa Patagonia, hombre y silencio.
un obrero se me acerca, me ha buscado,
y me tiende la mano, con respeto,
¡Bienvenido! me dice, emocionado,
y me siento pequeño ante su gesto.

 Tito Fernández.

LLEGADA

(17 – 1 – 1934)

Tras mares semicongelados

y  eternamente neblinosos,

compactos cinturones de nieve

a  lo largo de la costa.

Olas de hielo se destruyen,

se petrifican en la cúspide de su furia.

Incesantes marejadas

gimen y esculpen grietas profundas

en la base de los hielos.

A tientas,

y  como en el fondo de un mar palpitante,

entre neblinas,

derivamos

hacia el Gran Frío Interior.

Poema de "Libros de Frío"
Juan Pablo Rivero
(Punta Arenas - 1945)


La vaca de mi tía Manuela

 
Puerto Natales no debiera llamarse Puerto Natales,
sino carreta, trompo, pelota número cinco, trencito a bories;
cierta vez viajando en el colectivo 60 en Buenos Aires,
sentí el olor de la vaca que ordeñaba mi tía Manuela,
aquella noche vería bailar a Julio Bocca en el Colón,
y de acompañantes el establo, la vaca y mi tía Manuela.
otra vez en el Tortoni, escuchando hablar a Borges
se produjo el mismo fenómeno, y entonces pensé que yo,
nunca salí de mi pueblo, de mi barrio, de mi infancia,
que si yo aterrizo en Viena, Paris o Ámsterdam,
seguiré siendo un campesino, que si alguna vez ingresé
al incierto desamparo de la poesía, fue por la ventana,
por puro molestar, que si alguna vez estuve
en el balcón de la casa rosada, fue por
extravagancia pueblerina, y eso se me nota,
yo soy la tía Manuela, soy también la vaca de la tía Manuela.
por eso; para no ofender las narices citadinas,
o la nariz de alguna golfa respingada, para poder
entrar al cine y ver alguna de Bergman, o para visitar
alguna tenebrosa oficina pública, me pongo colonia,
de la mejor, pero indudablemente se me nota.
por eso llevaré para siempre esta historia,
mi historia, la de ser un campesino,
llevaré para siempre este olor, el olor de bosta
de la vaca de mi infancia, y el de haber nacido
en un pueblo que no debió llamarse puerto natales,
sino carreta, trompo, pelota número cinco, trencito bories.

UNA MAÑANA EN PUERTO NATALES

Íbamos con mi novia al puerto,
íbamos con mi novia a comprar pescado,
al puerto,
de improviso el cielo estalla,
una bandada de gorriones
se posa delicadamente sobre la nieve;
la nieve del puerto.

Me alejé de mi novia,
el pescado se olvidó de mí
y eché a volar con los gorriones.

 

Hugo Vera Miranda

(Puerto Natales- 1951)

 

 

 

 

 

 

El fantasma del faro Evangelistas

Lejos de las señales de la costa,
sosteniéndose en las honduras más remotas del planeta,
como cuatros sombras emergiendo del mar.
Sólo el tiempo más allá de los archipiélagos,
El tiempo convertido en un horizonte desesperadamente vacío,
en un viento tenaz que se adhería con estruendo
a un agua espesa despedazada sin descanso.

Nada interrumpía esa soledad sin principio ni fin,
ni siquiera el paso del día a la noche.
Pero entonces deben haber temblado los ventisqueros
cuando esos grandes continentes que erraban bajo el mar
surgieron, tal vez, como enormes cetáceos heridos
oscilando de una manera lenta y extraña
desde milenarios cataclismos marinos.
Y girando sin término en medio del océano
-dueño del origen que no revela
porque sólo el mar conserva para siempre sus secretos-
están insólitamente eternas,
extraviadas en la niebla, más lejana y lúgubres,
como de regreso a su antigua soledad,
la soledad de la piedra y el agua.

Y era un agua rigurosa penetrando la roca
como el silencio en una casa grande,
construyendo oquedades en su eterna resaca,
con la sal incrustando su pequeña materia,
encerrando en su anillo blanco ese mundo inaccesible
en un proceso exacto,
empujado hacia las últimas orillas
por el desolado viento del Estrecho
con sólo musgos y líquenes creciendo en sus repliegues
bajo el peso de otras constelaciones.
Rompía ese aire petrificado y de humedad dura
aleteando brevemente en solitarios círculos
el vuelo brumoso y negruzco de “La Remolinera”
como un minúsculo signo de vida vivaz y aterido.
Todo lo demás era lejano y oscuro en los cuatro peñones.

La muerte era aquí un presagio violento,
un material indispensable que respiraba en las sombras
torciendo el buen rumbo de las embarcaciones,
alejándolas del soplo blanco del faro
que desafiaba verticalmente la negra altura
entre amuralladas y grises paredes de granito,
necesariamente expuesto allí para horadar la noche,
guiando a los navíos errantes
por laberintos de escotaduras, canales y arrecifes
que parecen y desaparecen entre las borrascas y olas del océano.
La muerte en la tormenta, silenciosa y fría
entre el abismo del mar y del cielo.

Aquí fue una certeza terrible y verídica
que se clavó como una mordedura delirante entre dos guardafaros
prisioneros de los interminables meses de la soledad
y de esos elementos desatados sin clemencia
que los marcaba implacablemente con su aliento helado.
Y como un origen impiadoso de la locura,
sin ninguna posibilidad de vivir alejado después de ella,
un gran solitario sentía crecer el silencio como un escalofrío
la palabra y la fatiga del compañero indispensable,
sin poder impedir el llamado de esa fuerza oculta
que reclamaba lo suyo cada minuto entre ráfagas de viento y agua,
mordiendo lentamente su carne lacerada,
queriendo retenerlo para siempre en sus acerados roquedales,
dejándolo más habitante enloquecido en su alta torre,
dueño absoluto de ese fanal del buen rumbo,
sólo un autómata alucinado y friolento
envolviendo dulcemente su cuerpo en alquitrán.

Sueño debe tener el que bajó a errar por el mar
vencido por ese letargo pesado y poderoso,
y ya nadie podrá despertar sus ojos fijos,
y no tendrá descanso vagando por paisajes sin colinas
inmaterial y desvelado por sobre el roquerío,
apenas un pequeño grito que gira y cae y no se oye jamás
retorna y se pierde por paredes resbalosas de algas y brumas,
absorto e impalpable en su asunto líquido,
rodando por la lluvia intangible y taciturno,
sus pasos despeñándose por las concavidades,
desamparado como el último ser de un planeta destruido,
empedernidamente solo en su viaje sin reposo,
derramado y transparente como brotado de la luz o del hielo,
frío como el aire tenso desde antes de su vida,
arrastrado más abajo,
hacia un tiempo sin pasado y sin medida
su muerte alquitranada,
su sombra imponderable.

Rolando Cárdenas

Punta Arenas  (1933-1990)

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