DE COQUIMBO SOY

De Coquimbo soy
y vengo cantando
este guaguanco
con sabor cubano.:/

Yo soy coquimbano
con buena venturas
y traigo en mis manos
la buena fortuna.

\:De Coquimbo soy
y vengo cantando
este guaguanco
con sabor cubano.:/

La Serena tu eres
ciudad de ilusión
y son tus mujeres
la más linda flor.

Quiero yo a Vicuña
tambien a Andacollo
quiero yo a mi Ovalle
quiero a mi país.

\:De Coquimbo soy
y vengo cantando
este guaguanco
con sabor cubano:/

LA FLOR DEL AIRE

Yo la encontré por mi destino,
de pie a mitad de la pradera,
gobernadora del que pase,
del que le hable y que la vea.

Y ella me dijo: "Sube al monte.
Yo nunca dejo la pradera,
y me cortas las flores blancas
como nieves, duras y tiernas."

Me subí a la ácida montaña,
busqué las flores donde albean,
entre las rocas existiendo
medio dormidas y despiertas.

Cuando bajé, con carga mía,
la hallé a mitad de la pradera,
y fui cubriéndola frenética,
con un torrente de azucenas.

Y sin mirarse la blancura,
ella me dijo: "Tú acarrea
ahora sólo flores rojas.
Yo no puedo pasar la pradera."

Trepe las penas con el venado,
y busqué flores de demencia,
las que rojean y parecen
que de rojez vivan y mueran.

Gabriela Mistral

(1889 - 1957)

La Tierra y la Mujer

Mientras tiene luz el mundo
y despierto está mi niño,
por encima de su cara,
todo es un hacerse guiños.

Guiños le hace la alameda
con sus dedos amarillos,
y tras de ella vienen nubes
en piruetas de cabritos...

La cigarra, al mediodía,
con el frote le hace guiño,
y la maña de la brisa
guiña con su pañalito.

Al venir la noche hace
guiño socarrón el grillo,
y en saliendo las estrellas,
me le harán sus santos guiños...

Yo le digo a la otra Madre,
a la llena de caminos:
"¡Haz que duerma tu pequeño
para que se duerma el mío!".

Y la muy consentidora,
la rayada de caminos,
me contesta: «¡Duerme al tuyo
para que se duerma el mío!».

Gabriela Mistral

VALLE DE ELQUI

Tengo de llegar al Valle
que su flor guarda el almendro
y cría los higuerales
que azulan higos extremos,
para ambular a la tarde
con mis vivos y mis muertos.

Pende sobre el Valle, que arde,
una laguna de ensueño
que lo bautiza y refresca
de un eterno refrigerio
cuando el río de Elqui merma
blanqueando el ijar sediento.

Van a mirarme los cerros
como padrinos tremendos,
volviéndose en animales
con ijares soñolientos,
dando el vagido profundo
que les oigo hasta durmiendo,
porque doce me ahuecaron
cuna de piedra y de leño.

Quiero que, sentados todos
sobre la alfalfa o el trébol,
según el clan y el anillo
de los que se aman sin tiempo
y mudos se hablan sin más
que la sangre y los alientos.

Estemos así y duremos,
trocando mirada y gesto
en un repasar dichoso
el cordón de los recuerdos,
con edad y sin edad,
con nombre y sin nombre expreso,
casta de la cordillera,
apretado nudo ardiendo,
unas veces cantadora,
otras, quedada en silencio.

Pasan, del primero al último,
las alegrías, los duelos,
el mosto de los muchachos,
la lenta miel de los viejos;
pasan, en fuego, el fervor,
la congoja y el jadeo,
y más, y más: pasa el Valle
a curvas de viboreo,
de Peralillo a La Unión,
vario y uno y entero.

Hay una paz y un hervor,
hay calenturas y oreos
en este disco de carne
que aprietan los treinta cerros.
Y los ojos van y vienen
como quien hace el recuento,
y los que faltaban ya
acuden, con o sin cuerpo,
con repechos y jadeados,
con derrotas y denuedos.

A cada vez que los hallo,
más rendidos los encuentro.
Sólo les traigo la lengua
y los gestos que me dieron
y, abierto el pecho, les doy
la esperanza que no tengo.

Mi infancia aquí mana leche
de cada rama que quiebro
y de mi cara se acuerdan
salvia con el romero
y vuelven sus ojos dulces
como con entendimiento
y yo me duermo embriagada
en sus nudos y entreveros.

Quiero que me den no más
el guillave de sus cerros
y sobar, en mano y mano,
melón de olor, niño tierno,
trocando cuentos y veras
con sus pobres alimentos.

Y, si de pronto mi infancia
vuelve, salta y me da al pecho,
toda me doblo y me fundo
y, como gavilla suelta,
me recobro y me sujeto,
porque ¿cómo la revivo
con cabellos cenicientos?

Ahora ya me voy, hurtando
el rostro, por que no sepan
y me echen los cerros ojos
grises de resentimiento.

Me voy, montaña adelante,
por donde van mis arrieros,
aunque espinos y algarrobos
me atajan con llamamientos,
aguzando las espinas
o atravesándome el leño.

Gabriela Mistral

COQUIMBO POR TV.

Es como cuando llegas
Y preguntas y miras la luna y preguntas
Como si nada fuera parte de ti
Pero algo te hace pensar
En ese tren que cabalga la niebla
Y pasan horas y es Coquimbo quien puebla
Sueños
De amor y pesadillas
Y es Coquimbo en la TV
Pero tú sabes que el mar es un hijo
Que no tiene edad un pequeño iniciado
Que recorre el puerto
En Antologías
Y tarjetas postales.


PARTE ALTA

Interminables cerros
Coronan esta parte del mundo
En zig-zag y miradores construidos
Con la paciencia del hambre
Que tanguea callejones
Parte Alta
Cada una de tus casas
Alumbra Coquimbo mientras
Apenas te sostienes casi cayéndote
Al infinito porteño.

Oscar Elgueta
(Poemas del libro: "Calle Sola")
(Poeta de Coquimbo)

 

Las mujeres de mi generación

Las mujeres de mi generación abrieron sus pétalos rebeldes de rosas, camelias, orquídeas u otras yerbas, de saloncitos tristes, de casitas burguesas, de costumbres añejas, sino de yuyos peregrinos entre vientos.
Porque las mujeres de mi generación florecieron en las calles, en las fábricas se hicieron hilanderas de sueños, en el sindicato organizaron el amor según sus sabios criterios.
Es decir, dijeron las mujeres de mi generación, a cada cual según su necesidad y capacidad de respuesta, como en la lucha golpe a golpe en el amor beso a beso.
Y en las aulas argentinas, chilenas o uruguayas supieron lo que tenían que saber para el saber glorioso de las mujeres de mi generación.
Minifalderas en flor de los setenta, las mujeres de mi generación no ocultaron ni las sombras de sus muslos que fueron los de Tania, erotizando con el mayor de los calibres los caminos duros de la cita con la muerte.
Porque las mujeres de mi generación bebieron con ganas del vino de los vivos, acudieron a todas las llamadas y fueron dignidad en la derrota.
En los cuarteles les llamaron putas y no las ofendieron porque venían de un bosque de sinónimos alegres: Minas, Grelas, Percantas, Cabritas, Minones, Gurisas, Garotas, Jevas, Zipotas, Viejas, Chavalas, Señoritas:
Hasta que ellas mismas escribieron la palabra Compañera en todas las espaldas y en los muros de todos los hoteles, porque las mujeres de mi generación nos marcaron con el fuego indeleble de sus uñas, la verdad universal de sus derechos.
Conocieron la cárcel y los golpes, habitaron en mil patrias y en ninguna. Lloraron a sus muertos y a los míos como suyos. Dieron calor al frío y al cansancio deseos; al agua sabor y al fuego lo orientaron por un rumbo cierto.
Las mujeres de mi generación parieron hijos eternos; cantando Summertime les dieron teta, fumaron marihuana en los descansos, danzaron lo mejor del vino y bebieron las mejores melodías.
Porque las mujeres de mi generación nos enseñaron que la vida no se ofrece a sorbos compañeros, sino de golpe y hasta el fondo de las consecuencias. Fueron estudiantes, mineras, sindicalistas, obreras, artesanas, actrices, guerrilleras, hasta madres y parejas en los ratos libres de la Resistencia.
Porque las mujeres de mi generación sólo respetaron los límites que superaban todas las fronteras. Internacionalistas del cariño, brigadistas del amor, comisarias del decir te quiero, milicianas de la caricia.
Entre batalla y batalla las mujeres de mi generación lo dieron todo, y dijeron que eso apenas era suficiente.
Las declararon viudas en Córdoba y en Tlatelolco. Las vistieron de negro en Puerto Montt y Sâo Paulo, y en Santiago, Buenos Aires o Montevideo fueron las únicas estrellas de la larga noche clandestina.
Sus canas no son canas sino una forma de ser para el qué hacer que les espera. Las arrugas que asoman en sus rostros dicen he reído y he llorado y volvería a hacerlo.
Las mujeres de mi generación han ganado algunos kilos de razones que se pegan a sus cuerpos, se mueven algo más lentas, cansadas de esperarnos en las metas.
Escriben cartas que incendian las memorias. Recuerdan aromas proscritos y los cantan. Inventan cada día las palabras y con ellas nos empujan. Nombran las cosas y nos amueblan el mundo. Escriben verdades en la arena y las ofrendan al mar. Nos convocan y nos paren sobre la mesa dispuesta.
Ellas dicen pan, trabajo, justicia, libertad. Y la prudencia se transforma en vergüenza.
Las mujeres de mi generación son como un puño cerrado que resguarda con violencia la ternura del mundo.
Las mujeres de mi generación no gritan porque ellas derrotaron el silencio. Si algo nos marca, son ellas. La identidad del siglo son ellas.
Ellas: la fe devuelta, el valor oculto en un panfleto; el beso clandestino; el retorno a todos los derechos; un tango en la serena soledad de un aeropuerto; un poema de Gelman escrito en una servilleta; Benedetti compartido en el planeta de un paraguas; los nombres de los amigos guardados con ramitas de lavanda.
Las cartas que hacen besar al cartero. Las manos que sostienen los retratos de mis muertos. Los elementos simples de los días que aterran al tirano. La compleja arquitectura de los sueños de tus nietos. Lo son todo y todo lo sostienen, porque todo viene con sus pasos y nos llega y nos sorprende. No hay soledad donde ellas miren, ni olvido mientras ellas canten.
Intelectuales del instinto, instinto de la razón. Prueba de fuerza para el fuerte y amorosa vitamina del débil. Así son ellas, las únicas, irrepetibles, imprescindibles, sufridas, golpeadas, negadas pero invictas mujeres de mi generación.

Luis Sepúlveda

(1949)

Escritor y poeta de Ovalle (Limarí)

¡Cueca!

Vibra la sangre huasa cuero con suelo
se me zamarrea el alma
hasta la espuela.
Cancha a los gallos, sí,
vamos tañendo que ésta
es la cueca brava
de los chilenos.
Rasguen el arpa toda,
tripa rabiosa,
que en la guitarra ardan
vihuelas de oro
¡ y al aire las almas, niños
rómpanse en sangre,
y sigan batiendo manos
cueca y recueca!

Que ya se va al aire
el blanco pañuelo
del huaso lacho y
entaquillao
mientras ondean en gracia
las ancas de la morena.
Hierven las voces juntas
silba la enjundia,
fuegos en las miradas
espuma e' chicha,
que se me hace agua la boca
¡Huija y rendija!

Y ésta es la vuelta, niños,
vuelta primera,
que ya los cuerpos flamean
bandera al viento,
mientras el macho bravo,
taco de aguja,
de estaca larga
y pelo en el pecho
acosa a la buenamoza
la busca, la tienta, la halla,
cuerpo sin rienda,
la acomete ansioso
huaso dañino,
y con el pañuelo le hace
arco de triunfo,
mientras ella, la muy preciosa,
potranca en gracia,
le enseña donosa y fresca
la pantorrilla,
se contonea airosa,
ataja al huaso,
domando con donosura
sus arrebatos.

Y vamos a la otra vuelta,
vuelta y revuelta,
que ya la guitarra entona,
quintal de trinos;
estalla en ritmos divinos,
cuerdas de plata,
cantos de vida, ¡ay sí!
sigan bailando
ésta, la alegre danza
rica, sensual, sincera,
el alma de los chilenos.
Y vamos a la tercera,
beso sonoro.
Punta, puntete y taco
ráscame el suelo,
¡Y sigan bailando, niños,
el ritmo loco.
Salten, pateen, griten
aunque se rompan los pantalones!
...................
¡Aro, aro, aro!
¡Pásate un trago!
-Dicen que la cueca huasa
del gallinero
se ha ido a los salones,
minué nervioso;
que le han sacado campo,
ramada y gracia...
¡Tanta alharaca!
Yo no lo creo.
Otros dicen que es zamba.
¡Tanta copucha!
Yo digo que es más chilena
que los porotos
ya que la bailan siempre
huasos y rotos
los jutres choros,
los aniñaos, los más encachaos.
Y digo y recontra digo
que siempre deben bailarla
el buen chileno
y el que ama a su Patria
como a su vida.


(Publicado en "Choapa" Revista de arte y cultura,
1999, Año I, N° 2.)
Mario Ramos Figueroa

 



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