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HIMNO de ANTOFAGASTA

Antonio Rendic

Gloria a ti, gloria a ti, Antofagasta
Tierra de hombres de esfuerzo y vigor
Gloria a ti, la de brisas templadas
mar de ensueño y embrujos de sol

Gloria a ti, gloria a ti Antofagasta
tierra de hombres de esfuerzo y vigor
Todo el oro del mundo en tus pampas
en tus cumbres riquezas sin fin

Reina y dueña hasta ayer del pasado
es ya tuyo el azul porvenir
es ya tuyo el azul porvenir.

Con los brazos abiertos te entregas
y prodigas a todos tu bien
en tus ubres abrevan las razas
tu plasmaste el prodigio de Ariel

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Fundación de Antofagasta

(1866)

Entonces,
el mar
devoraba su ración de soledad.

En la costa
hablaban las arenas,
con su lengua de tiempo.

Se escuchaba el jadeo del sol
fatigado por los días.

Dulcemente,
la tierra le creaba un nido
en medio de sus llagas.

Todavía el hombre no inventaba las huellas
donde llora la sed,
todavía la piedra crecía desde el tiempo.

La sombra de las nubes adelgazaba al cielo.

Reían las aguas.

Juan López -el Chango-
mojó su corazón en estas olas
que el viento deshoja.

Desolados,
los terrales corrían por su frente.

Las gaviotas comenzaron a besarle.

Armó una carpa
en cuya puerta se detuvo el sol.

Llegaba a disputar al cobre sus enigmas,
a sembrar calles
y acomodar la tarde a sus ventanas.

Aquí, la primera esquina
dialogaría con la luna
y la primera parturienta
sería el primer jardín de la caleta.

Aquí, los niños
equivocarían el patio de sus casas,
jugando a los pies del horizonte.

Un ancla saltaría a las estrellas,
los vapores descargarían la distancia en esta rada,
le traerían hombres con el azar entre los dientes.

Aquí, pianos y locomotoras
cruzarían la noche con sus cantos,
la muerte y la cuchilla danzarían abrazadas.

Aquí,
los cerros y las algas
formarían su familia.

Juan López toco la tierra victoriosa de sal.
Le llamaron las vetas.

Juan López
levanto sus brazos:
¡una pala y un remo!

©Andrés Sabella
Antofagasta (1912 - 1989)

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Soneto LXXXVII

Las tres aves del mar, tres rayos, tres tijeras
cruzaron por el cielo frío hacia Antofagasta,
por eso quedó el aire tembloroso,
todo tembló como bandera herida.
Soledad, dame el signo de tu incesante origen,
el apenas camino de los pájaros crueles,
y la palpitación que sin duda precede
a la miel, a la música, al mar, al nacimiento.
(Soledad sostenida por un constante rostro
como una grave flor sin cesar extendida
hasta abarcar la pura muchedumbre del cielo.)
Volaban alas frías del mar, del Archipiélago,
hacia la arena del Noroeste de Chile.
Y la noche cerró su celeste cerrojo.

(del Poema "Cien sonetos de amor")

Pablo Neruda

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A Juan López

Eras hombre del mar
y de las huellas,
Juan Halcón,
Juan en vértigo de tierras.

Hablabas con los peces y las piedras,
cateador de mares y de vetas.
Viento arriba llegaste con tus velas,
del mar llegaste y te ganó la arena.

De viento y soledad fue tu vivienda,
el sol se refugiaba en tu cabeza.
Esta ciudad nació de tu miseria:
ni el cobre ni el guanay dieron la hacienda.

Sacaste del harapo la bandera;
de ti, la luz de la aventura nueva!
Antofagasta es sólo una herramienta:
todavía Juan López la gobierna.

©Andrés Sabella

 

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HERMANA DE AGUA
 

la sierpe se desliza,
lento hacia el océano,
jamás descansa,
nunca se detiene,

-¡soy hermano del reptil!-,
hija de la montaña,
madre del valle "yalquincha"

a un costado de Calama; llora.

nos embriagamos juntos
de desolación.

ella; sufre contaminada
por todos sus hijos
y su peste.

yo; solo por ayudarla con ojos
a humedecer el desierto.

Cristián Paredes
Calama (1978)

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TRONCOS POR CALAMA

Troncos por Calama
troncos
con memoria
con astillas a flor de madera
guardan castigos
frustraciones
recuerdan al salir al sol
casi humanos su crujir
casi personas
 transitan fuera de casa
Troncos.

Claudio Andrés Sanchez

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PRONTUARIO

El prontuario de 3500 versos con el que cargo

me hace acreedor de una temporada en el retén del anonimato

Donde me solazaré con currículos más aventajados

Con mayor experticia en el arte de abrir cerraduras

Y mayor habilidad para hacer saltar con alambres

aquello que no pude hacer surgir ni con rimas consonantes.

Juan Podestá Barnao
Tocopilla (1979)

 

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"El chichero"

A Manuel Durán Díaz

SILVERIO Lazo, El Chichero,
 Mitad gaviota y navaja,
ante nadie se rebaja
con su cuchillo minero.

Por donde pasa altanero
vida se desencaja,
porque a Silverio no ataja
ninguna mueca de acero.

De Tocopilla, El Chichero
trajo su corvo y su faja.
Trajo, también, la baraja
madrina de su dinero.

Rojo varón pendenciero
a la sangre da ventaja:
¡ninguna mano trabaja,
matando con tanto esmero!

Dice el mejor coracero,
un indio de vista baja:
-Para Lazo no hay mortaja...
¡El diablo es su compañero!

©Andrés Sabella

 

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